Pedrito Ruiz, un maestro

Por el equipo de La Florida han desfilado jugadores cerebrales como el Cabezón Mifflin, Julio César Uribe, su tocayo Antón, el Chorri y el Loba, Manassero, el Pelado Ferreyra, y uff muchos más. (discúlpenme el resto porque en estos sesenta y cinco años ha habido buena cantidad). Pedrito Ruiz pertenece a esa legión de exquisitos.

Pedrito El Mago la tocaba finito, como con pluma. Tenía un toque tan elegante que la dominaba por destreza y por gentileza; la convencía a punta de caricias porque la conocía desde mocosa, le sabía sus secretos y mañas y la sabía tratar como a una reina. La escondía de toda la sapería y se la entregaba al compañero en cucharita de plata. No daba pases en callejón sino en quinta con reja de aluminio.

A los defensas más feroces los dejó en ridículo con unas pisadas de pelota que ya quisieran las gallinas de sus gallos, con huachas de acero inoxidable, con tacos Makarios y con escandalosos sombreros de Catacaos. La lanzaba con efectos especiales en tiros libres que dejaron paralíticos a los arqueros más rankeados.

Con el frac puesto…

Ahora bien, valgan verduras, Pedrito, a lo mucho, transpiraba sólo unas cuantas gotitas, porque era tan ralo que se podía derretir por deshidratación; no bajaba a ayudar a la defensa ni para hacer barrera en los tiros libres (además la pelota pasaría fácilmente por encima de él); tampoco le quitaba la bola ni a un escolar.

Sólo chambeaba con la pelota en los pies. Era muy poco de correr y mucho de trotar. La esperaba parado y las pelotas salían de él con el mínimo esfuerzo. Los genios no necesitan de más. No se ponía el overol porque ya tenía puesto el frac; además pensar cansa tanto como correr. Baldor y los defensores contrarios creaban problemas, Pedrito los resolvía.

¿Para qué perseguirla? – decía -, ella siempre regresa a mí, como atraída por imán.

Y era cierto, Pedrito era un brujo que la tenía hechizada. Por sus actuaciones a nivel de la Libertadores fue alabado y tentado por equipos extranjeros en la remota época en que en el Perú sobraban los creadores, como Challe, Mifflin, Cubillas, Sotil, Cueto. Pedrito el Mago no tenía nada que envidiar a los mejores de Sudamérica.

Como bien se ha dicho, lo que hacía Cueto con la zurda, él lo hacía con la derecha. Y basta ya de comparaciones: Al César Cueto lo que es del César y a Pedrito la Basílica de San Pedro.

Terror a los aviones…

Pedrito se burlaba de los macheteros porque sabía burlarse de ellos, no le corría a la leña, ni aquí ni en el Centenario. No le temía a nada. Bueno, a casi nada: le tenía terror a subir a los aviones, fobia que impidió su triunfo en el extranjero, tanto así que – justo él que es el rey del toque – no se atreve a tocar ni siquiera los juguetes con alas.

Anécdotas hay muchas sobre su famosa fobia: sus escapadas del aeropuerto, sus desapariciones del mapa por varios días para reencontrarlo en interminables pichanguitas en la tierra de las naranjas, la aplicación de sedantes para no tener que subirlo al avión con camisa de fuerza. Aquella fobia le marcó un futuro con el sello inexorable de “pudiste llegar a las galaxias”, pero quienes lo hemos visto le decimos:

“¿Cómo vas a subir a las galaxias si tienes miedo subir hasta a la Montaña Rusa?”

Con lo que has hecho basta, Maestro.

POR MANUEL ARANIBAR LUNA