El Cristal que me enamoró

Soy de la generación de los ochentas, de la leche Enci y los apagones, la que se quedó sin la posibilidad de ir a un mundial por diferencia de goles. La generación que tuvo que aguantar personajes nefastos como Alfredo Gonzales o Nicolás Delfino. Aun así, me considero dichoso de pertenecer a esa generación.

Vi al Cristal de los noventas en todo su esplendor. Viví tardes y noches increíbles gracias a esta gloriosa camiseta: grité como loco con el gol de Marquinho en el minuto noventa cuando le volteamos el marcador al Nacional de Quito. Me ilusioné con los dos goles del Bimbo Avila en Cali y me volví a ilusionar con los dos goles de Julinho en Lima, porque ya venía el empate. Grité “que suelten al Coyote”, canté “y ya lo ven, ese es Julinho y su ballet”.

Me emocioné con los Chorrigolazos y los goles de tiro libre de Solano. Disfruté de la elegancia del pelado Garay y tuve el honor (porque realmente fue un honor) de ver tapar al Viejo Balerio, un señor, un héroe, un ejemplo.

Grite cada uno de los 17 oles aquella noche en el nacional (pocos saben la importancia de ese gol, teníamos casi 2 años sin poder ganarle a las gayinas, en esa época era una eternidad), vi casi incrédulo como metíamos y metíamos goles al pobre equipo granate hasta llegar al número 11.

Vi como dimos la vuelta en el 95 y el 96 en la cara de nuestros rivales y como a pesar de todas sus artimañas seguíamos siendo los mejores. Lloré porque perdimos la final de la Libertadores, porque el más grande falló en el peor momento que podía fallar. Pero entendí que así era el futbol, porque un par de semanas antes estaba llorando mientras miraba al cielo y agradecía que después de ese cuarto gol de Solano contra Racing, ya podía decir que mi glorioso equipo, mi amor, mi vida, mi corazón, estaba en la final de la Copa Libertadores.

Ese fue el Cristal que me enamoró. Puedo dedicar horas, días, semanas, y miles de hojas contando sus hazañas, hablando de sus estrellas, de sus héroes, de sus entrenadores y de sus jugadores. También puedo hablar de sus buenos modales dentro del campo, de su respeto por el buen futbol, por el futbol de toque y de vértigo, donde los laterales pasaban, los mediocampistas creaban, los delanteros metían y donde todos, desde Pepe Vergara hasta Miguelito Linares sangraban si había que hacerlo.