Anécdotas: La primera vez que entré al Club

Corría 1,976 y yo era un niño de 11 años que vivía en el Rímac en la Avenida Francisco Pizarro, una de las Avenidas más antiguas y más humildes de éste distrito. Estudiaba en un colegio estatal en la misma avenida a dos cuadras de mi casa.

Todavía no tenía clara una preferencia por algún club. Mi primer contacto con el fútbol había sido el Mundial del ’74 y mi pasión fueron los holandeses, con esa fabulosa Naranja Mecánica que arrasó a todos los equipos más pintados con excepción de Alemania.

Lo cierto es que en mi barrio se corrió la voz que los sábados desde las 7:30 am abría sus puertas el club Sporting Cristal, para que pasen todos los niños que quisieran jugar y a los mejores los escogían para formar parte de alguna categoría. El amigo que nos pasó la voz a todos era Martín, el menor de toda nuestra mancha, pero el más desarrollado, el más fuerte. Fue él quien se encargó de explicarles a nuestros padres para que nos den el permiso respectivo y quien se encargaría de todos nosotros.

Hasta que llegó el sábado, la mayoría de nosotros había estado despierto desde mucho antes de la siete de la mañana, hora en la que Martín debía pasar por nosotros y dirigirnos hacia el club. Al final Martín llegó a la hora puntual con cinco amigos más, recogimos a dos en el camino para finalmente tomar un micro que pasaba por el club.

Era mi primera salida sin mis padres, caminamos por entre las calles que pertenecen al distrito del Rímac que yo no conocía y que quería recordar para poder ir sólo otra vez. Caminamos hasta un parque en cuyo costado apareció un portón celeste con una inscripción: “Club Sporting Cristal”.

La cantidad de niños que había era impresionante, así como la diversidad de clases sociales. Había chicos que habían llegado caminando porque no tenían para comprarse el pasaje del micro, a otros los habían traído en el carro de la familia, algunos habían llegado en taxi y todos al final nos confundíamos en la espera.

La primera pregunta que le hicimos a Martín fue si todos íbamos a jugar. Él nos respondió que una vez que nos dejaran entrar absolutamente todos íbamos a jugar y a todos nos iban a observar. Esa respuesta nos tranquilizó. Pasado un momento se abrió el portón y aparecieron tres figuras del club: Alberto Gallardo, Fernando Mellán y don Víctor Pasache.

Ellos comenzaron a hacernos ingresar, nosotros optamos por quedarnos juntos y avanzar hacia el ingreso con la convicción de que si habíamos venido juntos, juntos íbamos a entrar. Hasta que una voz nos detuvo y se dirigió a Martín: “·¿Tú que edad tienes?”. “Diez señor”, contestó. “¿Diez? ¿cómo vas a tener diez? Tu debes tener 13 o 14… no, tú no entras” dijo la misma voz.

Nosotros nos quedamos inmóviles un momento hasta que la misma voz nos despertó: “¿Van a entrar o no?”. Lo miramos a Martín sin saber qué hacer, él era nuestro líder. El leyó nuestra mirada y nos dijo: “Vayan nomás, yo después entro”. En ese momento comprendimos que íbamos a estar solos, pero nunca olvidaremos la mirada de Martín, su pena, su frustración.

Ese día escogieron a cuatro de nosotros para seguir asistiendo los sábados. A los otros no le dijeron nada y Martín se dedicó a jugar al fútbol en la Liga del Barrio. Cada Noticia, cada alegría de nosotros él la tomaba como suya. Hasta que formamos un pequeño grupo que fue creciendo con la camiseta celeste como bandera, con una pasión que nos invadía, que nos llenaba de orgullo. Y que vivíamos en silencio, porque ser hincha de Cristal era como ser un bicho raro, un tipo que tenía que aguantar las jodas de los demás.

Los contrarios siguen intentando minimizarnos. Pero no importa, porque soy Celeste, porque todo lo grande de este club me respalda, porque la pasión permanece intacta, porque hay personas a las que nos gusta luchar contra la corriente. Nos gustan los amores imposibles y ciegos, por eso lloro ahora al escribir, pero de alegría. Soy Celeste por siempre, y por eso doy gracias a Dios todos los días.

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